El pedido del supermercado.
Me levante un poco cansado. Aquella mañana no había dormido demasiado bien. Me preocupaba un pequeño lío que había tenido el día anterior con mi madre. Siempre estamos discutiendo, aunque nunca llegamos a tener grandes broncas.
Como era sábado aproveché para hacer una pequeña lista de la compra y me fui al supermercado. No me gustan demasiado las grandes superficies y prefiero hacer la compra en el super de mi barrio.
Recogí mi carro al entrar y empecé a llenarlo: leche, arroz, pasta, algunas conservas, vino, agua, cerveza y luego la compra de algunos productos frescos. Para lo último, después de los productos frescos, dejo los congelados y refrigerados.
Ya está todo, ahora a buscas la caja con menos cola.
- ¿Es un pedido? me pregunta la cajera.
- Si, es un pedido.
Llama a un compañero para que le ayude a meter todo en las cajas, me toma nota de los datos, me indica que me llamarán cuando me lo vayan a llevar, pago y me voy.
Ya en casa, como hago la mayoría de los sábados, me pongo a recoger y a hacer un poco de limpieza general, esa limpieza que no se hago durante la semana, por falta de tiempo… bueno y de ganas.
Después de unos cuantos bayetazos por aqui y un poco de fregona por allá, me da la hora de comer. Dejo todas las revistas para tirar de la semana en una silla a la entrada para que no se olvida tirarlas al contenedor de papel cuando salga a la calle. Me hago un estupendo bocadillo de jamón ibérico, un jamón que me han regalado unos amigos.
Tomo mi bandeja, pongo un plato, el bocadillo, una servilleta y una cerveza. Me veo una de esas series que emiten a esa hora en no se qué cadena, y cuando estoy a punto de quedarme dormido, por el cansancio de la limpieza y el sopor de la digestión suena el timbre de la puerta.
No espero a nadie, pienso para mis adentros. Voy a abrir la puerta, y cual es mi sorpresa cuando veo a un chico joven, de unos veintipocos años, con el pelo rapado y una pequeña cresta, con la cajas del supermercado en el rellano.
- Hombre, ¿pero cómo no has llamado antes? Mira que si voy a comer a casa de mi madre, como hago algunas veces, te habrías dado un paseo para nada.
Pasa y déjalo todo ahí en la puerta que voy a por la cartera. Siempre me gusta darle algo de propina al repartidor.
Mientras busco la cartera en mi habitación, oigo como descarga todo el pedido y me lo deja en la entrada.
Al llegar al rellano, veo al chico ojeando una de las revistas que había dejado para tirar al contenedor del papel. Según llego la deja corriendo en su sitio.
- No te preocupes, la puedes leer o si quieres te la puedes llevar. La iba a tirar luego cuando salga. Curiosamente estaba ojeando un ejemplar de una revista gay, que suelo comprar de vez en cuando.
El chico se puso ligeramente colorado.
- No te de corte, hombre. No pasa nada, le dije.
- El chico, no sabía que responderme, aunque yo había visto que se había empalmado ligeramente; lo notaba en el bulto que le salía del pantalón del uniforme del super.
Aprovechando la ocasión le comenté si le apetecía pasar a tomar algo para que descansara un poco y el chico accedió.
Nos sentamos en el sofá; me pidió una Coca-Cola, yo opté por tomar un vaso de té frío. El chico estaba visiblemente nervioso.
Sin apenas haber abierto la boca, yo le tomé su mano y se la acerqué a la bragueta mi pantalón. El no opuso ninguna resistencia.
Con mucha habilidad me abrió la cremallera y metió su mano en busca de mi erecta polla.
Yo hice lo mismo, y metí mi mano en sus pantalones.
¡Vaya sorpresa! El chico estaba muy bien armado. Ambos nos masajeamos durante unos instantes, y le dije que nos pusiéramos más cómodos.
El chico, se quitó su camiseta, sus pantalones y calzoncillos dejando ver su estupendo cuerpo, bien formado, supongo por el trabajo diario de carga y descarga de pedidos.
Yo hice lo mismo. Nos miramos y comenzamos a besarnos apasionadamente. El pronto bajó su cabeza hasta la altura de mis ingles y empezó a hacerme un mamada estupenda.
Yo le dejé un rato que me hiciera disfrutar y tiré de él hacia arriba, para tumbarnos en el sofá. Me giré y comenzamos con un estupendo 69 mientras se escuchaban los pequeños gemidos del muchacho entre el placer y el nerviosismo.
Sin apenas avisar, empezó a gemir y me dijo:
- Ufff, me corro, me corro …. y me salpicó toda la cara con su leche. No había resistido el pobrecito el calentón tan grande que tenía.
Yo me eché a reír.
- No pasa nada, le dije. Es normal, todos tenemos días calentorros.
- Si quieres seguimos o si quieres te vas, le dije.
- No, no quiero seguir, me dijo.
El chico no había perdido su ni un ápice de empalme ni tan siquiera con esa corrida.
Me sentó en el sofá y se puso a mis pies a seguir chupando mi polla, mientras yo el tocaba su rapada cabeza.
La verdad es que chupaba muy bien. Le dejé hacer hasta que noté que me estaba llegando el momento. Se lo dije:
- Ufff, ahhhh… oye que me voy a correr cuidado.
- No importa, dijo él, me encanta la lefa, y siguió meneando y chupando mi polla hasta que no puede más.
- Ahhhhhhhh, ahhhhhhhhh y le lancé tres potentes chorros de esperma en su boca. El me limpió la polla con su lengua como si fuera un helado de cucurucho.
Se levantó se sentó a mi lado y se puso de nuevo a masturbarse.
- Deja, que yo te ayudo, le dije.
Me tumbé sobre sus piernas y se la empecé a menear mientras le chupaba los huevos, pequeños y duritos.
El chaval, gemía de placer.
Cuando estés a punto me lo dices. El chico no tardó mucho en empezar a gemir más rápidamente y me dijo:
- Me voy, me voy …. ahhhhhhhhhhh
Aparté mi cara para ver como se corría y la leche le llegó a la cara. Una corrida estupenda, le dije.
El se quedó un ratito más en el sofá con una cara muy relajada.
Se vistió, le di la propina y se fue.
No estuvo mal ese sábado. Salí esa tarde con las pilas cargadas a cenar con mis amigos.





